Este no es un post novedoso, ni mucho menos para demostrar la importancia del Social Media. Sobretodo porque ya varios bloggers han escrito sobre lo mismo. Simplemente es una reflexión muy personal acerca de cómo los nuevos medios sociales han cambiado nuestra forma de vivir, y además ya me hacía falta escribir.

Comienzo por describir mi día a día. Cuando me levanto, lo primero que hago es coger el teléfono (desde el cual les estoy escribiendo en este momento ¡Qué maravilla!) para apagar la alarma. Anteriormente, y yo alcancé a usarlo y me parecía genial tenerlo en mi mesa de noche, uno utilizaba un radio-reloj tres veces más grande que el teléfono. Sonaba terrible, si uno no se despertaba con esa chicharra es porque ya estaba despierto. Ahora, podemos hacerlo con nuestra canción favorita de fondo, haciendo más placentera nuestra mañana.

Si tengo afán (casi siempre) inmediatamente entro al baño y al salir, después de vestirme bajo a desayunar. En estos días me senté en el comedor con el teléfono en una mano y la cuchara en la otra. Mientras la mano de la cuchara me daba de comer, mis ojos se fijaban sobre la otra mano que me estaba presentando las noticias más importantes del día. Cuando vi en frente mío el periódico que había llegado muy temprano sobre la mesa, me percaté que ahora Twitter reemplazó al periódico. Y no lo digo solo por mí. A cuántos de ustedes no les sucede lo mismo. Como periodista no puedo dejar de sentir una necesidad insaciable por saber qué está pasando en el mundo, y #yoconfieso que Twitter se convirtió en mi principal filtro de fuentes de información. Leo lo que quiero y cuando quiero y, lo mejor, originado desde cualquier parte del mundo.

¿Dependiente o no de la tecnología? Ese no es el punto de esta entrada. Tampoco quiero decir que sea malo o bueno. He logrado mantener un balance entre mi vida social y estos aparatos. No soy de los que en una reunión o conversación importante esté pendiente de quién me escribe o no (a no ser que la ocasión lo amerite), pero me parece genial que tenga el mundo en mis manos.

Volviendo a mi día, salgo a trabajar y mientras voy en el tren (sí, vivo un poco lejos) me entero que en el Vaticano van a tener un equipo de fútbol dirigido nada y más y nada menos que por Trappatoni; que en Arizona, una señora en vez de gotas para los ojos, se hechó pegamento; que en Ecuador, van a judicializar a dos de los generales que intentaron hacerle golpe de estado a Correa; que en Nueva York, volverán subirle al transporte público por tercera vez en este año; y hasta que en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stamford están uniendo huesos con una iPad.

Bien, llego a trabajar y ya me desconecto un poco, pero a la hora de almuerzo me entero sobre cómo evolucionan las noticias que captaron mi atención. Mientras lo hago, cinco de las seis personas sentadas a mi alrededor, tienen un BlackBerry, un iPhone, un Android, un computador e incluso una iPad. No sé si estén leyendo noticias o hablando con sus amigos, pero ya han quedado relegados los televisores que ubicaban en restaurantes con el fin de distraernos o de informarnos.

Vuelvo a trabajar y de nuevo me concentro en otras cosas. Al salir, camino por las calles y observo que la publicidad tampoco es ajena al reemplazo de los tradicionales medios por los nuevos. Cada pancarta, pantalla, aviso o volante tiene un logo azul en algún lugar visible que reza: “Síguenos en…”.

Al volver a casa, de nuevo Twitter me dice cómo estuvo el día del resto del mundo, y de una manera mucho más profunda que algunos noticieros.

Oscurece y yo cierro el periódico, o mejor, #twitteroff hasta que despierte de nuevo para ver qué me recomienda Twitter desde un #FollowFriday.

Anuncios